martes, 20 de junio de 2017

Algo tan simple


La noche es oscura y silenciosa en invierno. Nosotros oímos los suspiros de los peces en el fondo del mar, y los que suben a la montaña o por las sendas de la meseta pueden escuchar el canto de las estrellas. Los ancianos, con la sabiduría que les da la experiencia, dicen que allí arriba no hay más que tierras baldías y peligros mortales. Si no aprendemos de la experiencia podemos morir, pero nos marchitamos si le damos demasiada importancia. En algún lugar está escrito que ese canto es capaz de despertar en ti la desesperación o la divinidad. Sería cuestión de subir a las montañas en las noches serenas y oscuras como el infierno en busca de la locura o la felicidad, y entonces quizá le encuentres el sentido a la vida. Pero no son muchos los que se arriesgan a emprender semejantes viajes; por caros que sean, tus zapatos quedarán destrozados y serás incapaz de afrontar las tareas cotidianas por culpa de la vigilia nocturna, y si tú no puedes, ¿quién va a hacerse cargo de tu trabajo? La lucha por la vida no combina demasiado bien con los sueños, la poesía y el bacalao seco son incompatibles, y nadie puede alimentarse de sus sueños.
Así vivimos.
El hombre se muere si le quitan el pan, pero si no tiene sueños, se marchita. Las cosas importantes no suelen ser complicadas; sin embargo, necesitamos la muerte para darnos cuenta de algo tan simple.

Ed. Salamandra, 2016
Trad. Elías Portela

Fot. Yama Bato