sábado, 6 de febrero de 2016

El malogrado

Louis Faurer

En definitiva, estaba enamorado de su fracaso, si es que no chiflado incluso, pensé, se había obstinado en ese fracaso hasta el fin. Realmente podía decir, en efecto, que sin duda era infeliz en su infelicidad, pero hubiera sido todavía más infeliz si de la noche a la mañana hubiera perdido su infelicidad, si se le hubiera privado de ella en un momento, lo que sería a su vez una prueba de que, en el fondo, no fue en absoluto infeliz, sino feliz, aunque sólo fuera a causa de su infelicidad y con ella, pensé. Al fin y al cabo, muchos, por estar profundamente hundidos en la infelicidad, son felices en el fondo, pensé, y me dije que Wertheimer, probablemente, había sido en realidad feliz, porque tenía continuamente conciencia de su infelicidad, podía alegrarse de su infelicidad. El pensamiento no me pareció de pronto absurdo en absoluto, a saber, pensar que él tenía miedo de perder su infelicidad por alguna razón que yo no conocía y, por eso, fue a Chur y a Zizers y se mató.

Thomas Bernhard, El malogrado