lunes, 1 de febrero de 2016

Anciano


Al final de la escalera
vi al perro bajar los mil y un escalones.
El viejo perro al que sacan a pasear con correa.
El viejo perro al que sacan a pasear a empujones en el esplendor
de la mañana invernal.
Tenía mis ojos, mis años que fueron, mis ojeras.
Tenía mi nombre escrito en su sucia correa;
con un final de ternura, con un comienzo de ferocidad
deslizaba su sombra entre los barrotes de cobre de la escalera.
Vi en sus ojos las luces de la isla de Elis
y las hordas de la seda que hacen girar la inmensa ruleta nocturna.
En sus apagados ojos vi el centellear del apocalipsis
y mis deudas sin pagar y mi vida
(y, Dios, tenía mis años y mis lágrimas).
El viejo perro que sacan a pasear en el esplendor de la última mañana invernal,
empujado mil y un escalones, uno a uno,
hasta el final y más allá
de donde ya no hay
retorno alguno.

Traian T. Coșovei