jueves, 14 de enero de 2016

Tareas


Lindsey tenía nueve años la primera vez que un hombre la llamó puta en un portal del barrio. Volvió a casa sin braguitas, pasó junto a su madre que le acarició el pelo mientras freía unas patatas sin apartar la vista del fuego: ¿De dónde vienes?. De jugar mami. Y se metió en el baño a llorar delante del espejo.

Norris tenía quince años. Era amigo de su hermano Thomas. Lindsey se secó la cara con una toalla y decidió que de ahora en adelante todo iba a ser maravilloso. Primero tenía que matar a Norris, claro. No sabía muy bien cómo, hasta ahora, sólo había matado ranas con una piedra gorda en el jardín. Exactamente con la misma piedra que le partió en dos la cabeza a Norris en el patio del recreo delante de todo el mundo. 

Lindsey estuvo en algún lugar que sus padres nunca nombraron, unos seis años, y cuando volvió, subió a su habitación, hizo la maleta y sin decir ni una sola palabra se escapó por la ventana, sin apartar la vista del fuego.
La casa ardía en la distancia como una bonita estrella. Tomó un autobús, y cuando pisó tierra de nuevo, llevaba los labios pintados de rojo y un cigarrillo entre los labios. Esa noche durmió en el banco de un parque de algún lugar del mundo, y al día siguiente, robó una manzana de un puesto de verduras y mientras le daba el primer mordisco se puso a caminar hacia el resto de su vida completamente convencida de que iba a ser, muy feliz.