viernes, 15 de enero de 2016

El umbral

Juan Manuel Sáenz de Santa María


—Por favor, pase a verla. Así ha quedado ella. Cuánto deseaba verlo una vez más.

La suegra le hablaba mientras lo conducía a la habitación. Todos los que rodeaban el lecho de su esposa se volvieron hacia él al mismo tiempo.

—Por favor, obsérvela.

La mujer volvió a hablar al empezar a retirar la tela que cubría el rostro de su esposa.

Entonces, de improviso y espontáneamente, dijo:

—Sólo por unos instantes, ¿podría quedarme a solas con ella? ¿Podrían abandonar ustedes la habitación por un momento?

Sus palabras despertaron simpatía en la familia de su mujer. Se retiraron en silencio, y cerraron la puerta corrediza.

Él quitó la tela blanca.

El rostro de su mujer estaba rígido, con una expresión de sufrimiento. Las mejillas se habían hundido y sus descoloridos dientes sobresalían entre los labios. La piel de los párpados estaba ajada y colgaba sobre los globos de los ojos. Una tensión evidente había impreso el dolor en su frente.

Se sentó por un momento, observando ese desagradable rostro muerto.

Entonces, colocó sus manos temblorosas sobre los labios de su mujer e intentó cerrarle la boca. Hizo un esfuerzo para que los labios se cerraran, pero seguían lánguidamente abiertos cuando retiró sus manos. Volvió a cerrarle la boca, pero nuevamente se abrió. Hizo lo mismo una y otra vez, con el único resultado de que las duras líneas alrededor de la boca empezaron a suavizarse.

En ese momento sintió una creciente intensidad en las yemas de sus dedos. Y le restregó la frente para borrar esa expresión de dolorosa ansiedad. Sus palmas quedaron enrojecidas. Una vez más se sentó en silencio observando el rostro renovado gracias a todas esas manipulaciones.

La madre y la hermana menor de su esposa entraron.

—Seguramente estará agotado del viaje en tren. Por favor coma algo y descanse… ¡Oh!

Las mejillas de la madre quedaron bañadas en lágrimas súbitas.

—El espíritu humano es algo que asusta. Ella no podía morir del todo hasta que usted regresara. Es tan extraño. Todo lo que usted hizo fue dirigirle una mirada y su rostro se ha relajado… Está bien. Ahora ella está bien.

La hermana menor de su mujer, con sus ojos bellos y límpidos, que no parecían de este mundo, lo observó y vio sus ojos extraviados. Entonces, también ella se hundió en llanto.

Yasunari Kawabata, Historias de la palma de la mano