sábado, 30 de enero de 2016

El pez fuera del agua

Gustav Klimt, El pantano

Trabajaba hacía poco en la barra de un céntrico bar de la Avenida Welis por entonces pero ya conocía de a diario a bastantes clientes cuando apareció con un carrito de la compra y un bastón con cabeza de galgo plateado la señora aquella que desde luego había visto varías veces y vendía, a la puerta del mercado, tabaco de contrabando. Nadie sabía su nombre. Siempre pedía un café. Pagaba con monedas pequeñas y se ponía otra vez a pregonar el Winston y el Marlboro.

Aquel día hacía mucho frío:

“-Ponme un cafelito, hijo, muy calentito, que hace hoy mucho frío.”

Había mucha gente, las prisas del trabajo, yo qué sé. Y le puse un café que mataría a un caballo. Agua con algo. Frío como el día. Sin ningún amor. Sólo le faltaba una mosca flotando.

Al rato, la mujer seguía allí. Con el café intacto. Con las cara intacta. Como si el tiempo se hubiera congelado. Y con la mano, me hizo así. Y me acerqué, y procurando que nadie se enterara excepto yo, me dijo, muy bajito, que “a lo mejor esto es lo único caliente que me voy a tomar hoy”. Que su marido se gastaba en putas malas el dinero de la chatarra, que tenía un hijo en la cárcel y otro enterrado en Santa Fe y otro casado con una paraguaya a saber dónde y en qué y otro tirado en un sofá porque le había faltado oxígeno en el parto y...; que de joven había sido muy bonita, pero que tanta paliza y tanto parir para nada la habían dejado en el pellejo.
Que si no me daba pena ponerle aquello.

Y después se marchó. Y dejó allí su dinerito. Moneda por moneda. Y yo me quedé allí, como un pez fuera del agua agonizando de vergüenza.

Y desde entonces me sobran las palabras.

Historiadero