sábado, 22 de julio de 2017

Dos orquídeas


En el cuaderno de recuerdos, Kishiyama había escrito con su típica caligrafía: 
"Todo cuanto existe sigue el curso del agua". 
A la izquierda había un espacio vacío. En él escribí: 
"Una sombra solitaria espera callada la nieve". 
Cuando terminé de escribir saboreé las palabras. El poema había quedado como si Kishiyama y yo hubiésemos venido juntos y juntos lo hubiésemos escrito.

Pimera nieve en el monte Fuji

Two orchids 1932

En algún esbozo te encontraré


En algún esbozo te encontraré, en el medio de nada. En el medio de todo. Sabrás mecerme entre los laterales de la mirada. Como a todo, y pese a todo, sabré correrme a la deriva. De un sólo tirón. Pareciera que decidimos hacer espontáneo el momento curvo de la escisión entre la percepción y las palabras (o los gestos, o las manos entre cepas y llamaradas). He aquí la anodina pared de las curtiembres, de las ríspidas miradas, esqueléticas de alma, insufribles de desenlace. Queísmos componen mi alma. Queísmos y fallas gramaticales. En algún esbozo te encontraré, en el medio de nada.

Gonzalo R. Roncedo
De un solo tirón
Punto vacío
Ed. La aguja de Buffon, 2012

No puedo quejarme


Ya no puedo quejarme:
de este lado tampoco sobra tiempo
ni tenemos a nadie que nos premie.
Apenas, si rebusco, encuentro voces
para decir adiós uno por uno
a todos esos días iguales a linternas.
Soy un árbol o casi,
una copa encendida,
una rama curiosa,
un tronco que pregunta,
una raíz con ganas,
un pedazo de tierra conmovido.

Década (Poesía 1997-2007)
Ed. Acantilado, 2008


Evitar


En la realidad
sé que debe ser así,
pero qué tristeza
cuando hasta en sueños
me sigues evitando.


Poesía clásica japonesa
Ed. Trotta, 2005. 
Selecc, y Trad. Torquil Duthie

viernes, 21 de julio de 2017

La mujer de Lot


Tal vez miré hacia atrás por curiosidad.
Pero además de curiosidad pude tener otras razones.
Miré hacia atrás porque me dio tristeza la escudilla de plata.
Por distracción: amarrándome el cordón de la sandalia.
Para no mirar más la nuca justa
de mi marido, Lot.
Por la seguridad repentina de que si yo muriera,
él no se detendría.
Por la desobediencia natural de los humildes.
Escuchando cómo nos perseguían.
Conmovida por el silencio, pensando que Dios cambiaría de idea.
Nuestras dos hijas se perdían ya tras la colina.
Sentí la vejez en mí. El alejamiento.
Lo inútil de viajar. Sueño.
Miré hacia atrás mientras ponía mi hatillo en el suelo.
Miré hacia atrás preocupada por el siguiente paso.
En mi camino aparecieron serpientes,
arañas, ratones de campo y polluelos de buitre.
Ni buenos, ni malos; simplemente lo vivo, todo,
brincaba y se arrastraba por un temor colectivo.
Miré hacia atrás por soledad.
Por la vergüenza de huir a escondidas.
Por las ganas de gritar, de regresar.
O porque justo entonces se soltó el viento,
desató mi pelo y me levantó el vestido.
Sentí que me veían desde los muros de Sodoma
y se morían de risa, una y otra vez.
Miré hacia atrás llena de rabia.
Para gozar plenamente su ruina.
Miré hacia atrás por todas las razones mencionadas.
Miré hacia atrás sin querer.
Fue sólo que una roca giró gruñendo bajo mis pies.
Que una grieta de pronto me cortó el paso.
En la orilla un hámster agitaba las patas delanteras.
Y entonces ambos miramos hacia atrás.
No, no. Yo seguí corriendo,
arrastrándome y trepando
hasta que la oscuridad cayó del cielo,
y con ella grava ardiendo y aves muertas.
Por falta de aliento varias veces perdí el equilibrio.
Si alguien me hubiera visto, pensaría que bailaba.
Es posible que haya tenido los ojos abiertos.
Que haya caído mirando hacia la ciudad. 

La mujer de Lot

Fot. Helena Almeida

El arte de perder


El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen de la pérdida, 
pero perderlas no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, las horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.
Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente de tu viaje. 
Nada de eso será un desastre.
Perdí el reloj de mi madre. 
¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.
Perdí dos ciudades entrañables. 
Y un inmenso reino que era mío, 
dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.
Ni aun perdiéndote a ti 
(la cariñosa voz, el gesto que amo) 
me podré engañar. 
Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer un desastre.


Fot. Pi Erre

jueves, 20 de julio de 2017

Sinceridad


Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás 
(Goethe)

Es lo que anteriormente le decía.
La sinceridad provoca en el que la practica lealmente, una serie de fuerzas violentas. Estas fuerzas sólo se muestran cuando tiene que producirse eso de: “Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás”. Y si usted es sincero, va a percibir la voz de estas fuerzas. Ellas lo arrastrarán, quizá, a ejecutar actos absurdos. No importa. Usted los realiza. ¿Que se quedará sangrando? ¡Y es claro! Todo cuesta en esta tierra. La vida no regala nada, absolutamente. Todo hay que comprarlo con libras de carne y sangre.
Y de pronto, descubrirá algo que no es la felicidad, sino un equivalente a ella. La emoción. La terrible emoción de jugarse la piel y la felicidad. No en el naipe, sino convirtiéndose usted en una especie de emocionado naipe humano que busca la felicidad, desesperadamente, mediante las combinaciones más extraordinarias, más inesperadas. ¿O qué se cree usted? ¿Que es uno de esos multimillonarios norteamericanos, ayer vendedores de diarios, más tarde carboneros, luego dueños de circo, y sucesivamente periodistas, vendedores de automóviles, hasta que un golpe de fortuna los sitúa en el lugar en que inevitablemente debía estar?

Roberto Arlt
La terrible sinceridad

Fot. Samad Ghorbanzadeh

Soy lapidaria


Soy lapidaria
(ante todo)
con pecados,
dudas
y contradicciones
quiero tirar
la primera piedra.



Amor, pasión, vida


Los amantes incorporan el mundo entero a su totalidad. Todas las imágenes clásicas de la poesía amorosa lo confirman. El río, el bosque, el cielo, los minerales de la tierra, el gusano de seda, las estrellas, la rana, el búho, la luna, demuestran el amor del poeta. La poesía expresa la aspiración a esa correspondencia, pero es la pasión la que la crea. La pasión aspira a incluir el mundo entero en el acto de amar. El hecho de querer hacer el amor en el mar, volando por el cielo, en esta ciudad, en aquel campo, sobre la arena, entre las hojas caídas, con sal, con aceite, con frutas, en la nieve, etc., no significa que se precisen nuevos estímulos, sino que expresa una verdad que es inseparable de la pasión. La totalidad de los amantes se extiende, de manera diferente, a fin de incluir el mundo social. Todos los actos, cuando son voluntarios, se llevan a cabo en nombre de la persona amada. Lo que el amante cambia entonces en el mundo es una expresión de su pasión.
(...)
La totalidad de la pasión oprime (o socava) al mundo. Los amantes se aman con el mundo. (Al igual se podría decir que con todo su corazón o con sus caricias). El mundo es la forma de su pasión, y todos los sucesos que experimentan o imaginan constituyen la iconografía de su pasión. Por eso la pasión está dispuesta a arriesgar la vida. Se diría que la vida es tan sólo la forma de la pasión.

John Berger
El sentido de la vista
Ed. Alianza, 2006
Trad. Pilar Vázquez

Fot. Vivian Maier 
New York April 1953

miércoles, 19 de julio de 2017

La dueña


Le dijo que la amaba, que ella era la única dueña de su alma y de su corazón. Su amor fue correspondido. Se casaron y tuvieron una niña.

Pero luego de diez años se separaron por diferencias irreconciliables. Ella se fue de la casa y se llevó a la niña.

A los pocos días volvió, reclamando el alma y el corazón de su ex esposo. Se los tuvo que dar.

La falta de alma casi no se nota en el hombre, excepto quizá por su mirada perdida.

Sin embargo, el lugar donde estuvo el corazón nunca cicatriza del todo, y por más vendas que se ponga, la sangre siempre mancha un poco sus camisas.


Marcelo Adrián Gill Ibarra
La dueña 
Por favor, sea breve 2: Antología de microrrelatos
Ed. Clara Obligado, Páginas de Espuma

Fot. Elena Helfrecht

Autofagia


A Carla también le gustaban los puzzles. Algunas veces cogía las fotos de sus amantes y las hacía trizas. Después iba a emborracharse. Cuando regresaba por la mañana se quitaba la ropa y se revolcaba sobre los trozos de las fotografías de los hombres que la habían acompañado en aquel camino hacia no sé sabía qué forma final de autoexterminio. Luego tomaba cada uno de los trozos y se lo metía en la boca, se abría otra cerveza, le masticaba el rostro al fantasma que salía en la foto y se tragaba el pedazo. Y así con todos. Era como si quisiera recomponer en su estómago otra especie nueva de hombre que, al menos, no la dejara insatisfecha; aunque al final lo único que conseguía era vomitar una papilla grisácea de ojos, cejas, bocas, pelo, ropa, de vez en cuando alguna gorra o un cinturón, y muy de tarde en tarde algún zapato viejo o una corbata negra. Sin embargo, todo fue distinto el día en que, sin darse cuenta, se tragó la foto donde una mujer de mirada huidiza le acariciaba el pelo a un joven de gesto taciturno. Esa mañana no supo reconocer a la mujer de rostro ambiguo que la miraba desde el otro lado del espejo.

Juan Cruz López
Autofagia
De “Cuento y aparte”
Ed. Inst. de la juventud, Navarra, 2009

Fot. Vincent Serbin
The Four Functions of Consciousness

Compartir


Le contó que al principio se había sentido dolido no por su marcha sino por el hecho de que ella no hubiera compartido su angustia con él. Luego había pensado que la angustia no permite a veces elegir con quién compartirla.

El padre de Blancanieves
Ed. Anagrama, 2007

Melancolía


Soy melancólica de nacimiento. Siento que me voy hundiendo y hundiendo. Y, como de costumbre, siento que si acabo de hundirme todavía más acabaré alcanzando la verdad. Ese es el único consuelo; una especie de nobleza. Solemnidad.

Virginia Woolf
Diarios
Ed. Ramón Cañelles, 2003
Trad. Andrés Bosch

martes, 18 de julio de 2017

Contar


Compañera,
usted sabe
que puede contar conmigo,
no hasta dos ni hasta diez
sino contar conmigo.

Si algunas veces
advierte
que la miro a los ojos,
y una veta de amor
reconoce en los míos,
no alerte sus fusiles
ni piense que deliro;
a pesar de la veta,
o tal vez porque existe,
usted puede contar
conmigo.

Si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo,
no piense que es flojera
igual puede contar conmigo.

Pero hagamos un trato:
yo quisiera contar con usted,
es tan lindo
saber que usted existe,
uno se siente vivo;
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos,
aunque sea hasta cinco.

No ya para que acuda
presurosa en mi auxilio,
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.


Dormías


Dormías, los brazos me tendiste y por sorpresa
rodeaste mi insomnio. ¿Apartabas así
la noche desvelada, bajo la luna presa?
tu soñar me envolvía, soñado me sentí.



Mañana


Mañana es un mar hondo que hay que cruzar a nado.

Fueguitos


Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano
El mundo
De El libro de los abrazos
Ed. Siglo XXI, 1993

Fot. Joseph Mallord William Turner
Sea and sky, 1825-30

lunes, 17 de julio de 2017

Carta de una desconocida


Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora.

Stefan Zweig
Carta de una desconocida
Ed. Acantilado 2002
Trad. Berta Conill

Dejar de ser


Dejar de ser rápido, dices del novio de tu madre. No sé si se puede dejar de ser nada, por ejemplo ese cliente, dejar de ser cretino: no lo sé. Dejar alguien de ser un solitario, tampoco sé. Si se pudiera dejar de ser cosas tengo la sensación de que el tiempo nos parecería más benigno.

Belén Gopegui
El padre de Blancanieves
Ed. Anagrama, 2007

Fot. James Fee

Dos seres con una cabeza


[Sócrates] ¡Qué cosa más extraña, amigos, parece eso que los hombres llaman placer! ¡Cuán sorprendentemente está unido a lo que semeja su contrario: el dolor! Los dos a la vez no quieren presentarse en el hombre, pero si se persigue al uno y se le coge, casi siempre queda uno obligado a coger también al otro, como si fueran dos seres ligados a una única cabeza.

Platón
Fedón
Ed. Alianza, 2004
Trad. Luis Gil Fernández

Fot. Adriana Petit

Yuxtaposición


Algunos dirán que la falaz belleza creada por la penumbra no es la belleza auténtica. No obstante, como decía anteriormente, nosotros los orientales creamos belleza haciendo nacer sombras en lugares que en sí mismos son insignificantes. Hay una vieja canción que dice:

Ramajes
reunidlos y anudadlos
una choza
desatadlos
la llanura de nuevo
   
Nuestro pensamiento, en definitiva, procede análogamente: creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias. Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una irradiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera que la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra.


Ed. Siruela, 2016
Traducción: Julia Escobar

Fot. František Drtikol

domingo, 16 de julio de 2017

La lectura


La lectura era mi escape y mi refugio, mi consuelo, mi estimulante: leer por el puro placer de hacerlo, por esa bella quietud que te rodea cuando oyes las palabras del autor reverberando en tu cabeza.

Paul Auster
Brooklyn Follies

Pasamanos


 A algunos,
es decir, no a todos.
Ni siquiera a los más, sino a los menos.
Sin contar las escuelas, donde es obligatoria,
y a los mismos poetas,
serán dos de cada mil personas.
Les gusta,
como también les gusta la sopa de fideos,
como les gustan los cumplidos y el color azul,
como les gusta la vieja bufanda,
como les gusta salirse con la suya,
como les gusta acariciar al perro.
La poesía,
pero qué es la poesía.
Más de una insegura respuesta
se ha dado a esta pregunta.
Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro
como a un oportuno pasamanos.

Sentir


De todo lo que aprendí, lo que más me ayudó fue experimentar esos sentimientos de dolor y vergüenza pero olvidarme de las historias vinculadas a ellos. Antes, sentía esa vergüenza, asco o desprecio por mí mismo, y al notar aquellas emociones me las iba narrando mentalmente, les ponía imágenes y palabras, exploraba los motivos que había tras ellas, me permitía alimentarlas, juzgarlas, multiplicarlas. Entonces aprendí, lentamente, a quedarme quieto y fijarme en ellas con curiosidad, sin etiquetas, narraciones ni juicios. Advertía en qué parte del cuerpo se alojaban (siempre en el corazón o en el estómago), las observaba, experimentaba el dolor, me quedaba a su lado. Y os prometo que cuando haces eso, todo empieza a curarse. De forma lenta pero segura, empieza a curarse, disminuir, mitigarse.

James Rhodes
Instrumental

Fot. Lauren Simonutti

Una vez estuviera


Una vez estuviera encerrada podría emplearla en mí todo el tiempo. Y pensé en cómo mi madre, mi hermano y mis amigos me visitarían, día tras día, con la esperanza de que estuviese mejor. Después sus visitas se harían cada vez más espaciadas y abandonarían toda esperanza. Envejecerían. Me olvidarían. Serían pobres, además. Querrían que yo tuviera los mejores cuidados al principio, así que no tardarían en tirar todo su dinero en un hospital privado como el del doctor Gordon. Finalmente, cuando el dinero se hubiera acabado, me trasladarían a un hospital del Estado, con cientos de personas como yo en una gran jaula en el sótano. Cuanto más incurable se vuelve, más lejos lo esconden a uno.

Sylvia Plath
La campana de cristal
Ed. Edhasa, 2008
Trad. Elena Rius

Fot. Lauren Simonutti

La mujer juiciosa


Cada vez que la mujer juiciosa se acuesta con alguien le cuenta al novio que lo ha hecho no por un ataque circunstancial de lubricidad, sino porque se ha enamorado. No es que tenga que sentirse culpable (al respecto, la mujer y su novio tienen un pacto de lo más claro y elástico), pero si cuando se acuesta con alguien remarca que lo hace enamorada, es como si se sintiese más limpia. En cambio, cada vez que su novio se enrolla con alguien, la mujer considera que lo hace por pura lubricidad, y eso la irrita. No es que se ponga celosa. No. No es celosa en absoluto. Simplemente le molesta que su novio sea tan vulgar, tan carnal. El novio sí que se pone celoso cuando sabe que ella se acuesta con otro. Pero son celos comprensibles: porque ella se enamora. Y si la persona con la cual (más o menos elástico) tienes un pacto de convivencia se enamora de otro, es lógico tener celos. ¿Qué escala aplica la mujer para decidir que sus asuntos de cama son producto del amor y los del novio de la lujuria? El novio dice que una escala muy sencilla: que ella es ella misma (y por lo tanto se lo justifica todo) y él no sólo no es ella, sino que es hombre, con la carga histórica que eso comporta. La mujer lo niega, aunque los años le hayan enseñado que, en general, hombres y mujeres se comportan de manera diferente. Pero no lo dice porque, aunque es una creencia sobre la cual tiene cada vez menos dudas, es generalizadora. Y siempre hay excepciones, aunque nunca se ha visto tan cerca de reconocer que la frase hecha que asegura que todos los hombres son iguales, aun siendo tópica (y por lo tanto repugnante) es, cuando menos parcialmente, cierta: quizá no todos, pero la inmensa mayoría de los hombres sí que son iguales. La mujer juiciosa sabe de qué habla: se ha enamorado de muchos, y todos, indefectiblemente y por mucho que lo adornen, en el fondo ligan con ella llevados por la lubricidad. Lubricidad a la cual ella cede a menudo porque (es forzoso reconocerlo) desde muy pequeña ha sido terriblemente enamoradiza y el amor la embriaga de tal manera que no bien un hombre le pasa el brazo por los hombros, le besa el lóbulo de la oreja y le pone la mano entre las piernas, por más que abra la boca para decir que no,nunca le sale el no y siempre dice que sí.

Quim Monzó
La mujer juiciosa
El porqué de las cosas
Ed. Anagrama, 2005
Trad. Marcelo Cohen

Visita


No estoy.
No la conozco.
No quiero conocerla.
Me repugna lo hueco,
la afición al misterio,
el culto a la ceniza,
a cuanto se disgrega.
Jamás he mantenido contacto con lo inerte.
Si de algo he renegado es de la indiferencia.
No aspiro a transmutarme,
ni me tienta el reposo.
Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.
No estoy para lo inmóvil,
para lo inhabitado.
Cuando venga a buscarme,
díganle:
“se ha mudado”.

Visita

Devuélvele la paz a mis palabras



Devuélvele la paz a mis palabras
deseosas de ser playas
donde arriben tus barcas sigilosas.
Este amor en penumbra
aluza más que el sol
la gruta en que se había escondido
una parte de mí,
tal vez la más secreta.
Acerca con prudencia
toda tu voz, tus años, tu tibieza
y cuídame despacio
como una flor quebrada
que revive por fin
bajo amorosa sombra. 



Apenas él le amalaba el noema


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

Julio Cortázar
Rayuela
Cap. 68
Ed. Cátedra, 2008

Fot. Dascha Friedlova

sábado, 15 de julio de 2017

Falta de amor


La primera nota que me escribiste, la que deslizaste con disimulo dentro del bolsillo de mi abrigo, fue la que produjo el chispazo. Yámame, rezaban unas letras anónimas, escritas con carmín y prisa debajo de un número de teléfono. Te llamé, claro está, no pude resistirme, y al poco ya vivíamos juntos. Desde entonces, lo primero que hago cada mañana al despertar es buscar el mensaje garabateado en un papel que sueles dejarme, apoyado en la cafetera, antes de marcharte a trabajar. Me estremecen tus confusiones sinuosas de bes y uves. Me excitan tus acentos inventados, que se clavan, placenteros, en mis ojos. Me pierden las haches intercaladas a tu antojo, entrometidas, y me encienden las olvidadas, que dejan desnudas las palabras, indefensas. Por eso, cuando no encuentro tus buenos días repletos de errores, revuelvo el piso en busca de cualquier cosa que hayas escrito, en la lista de la compra, en la agenda de teléfonos, en el calendario que cuelga de la cocina o en un papel de tu billetera. Más que lo que me dices, me encanta cómo te equivocas, aunque jamás te lo he confesado. De todos modos, supongo que ya te habrás dado cuenta porque la nota que dejaste esta mañana, mucho más larga que de costumbre, estaba correctamente escrita. Decía que te marchas para siempre y sólo tenía una falta de ortografía. En mi nombre.

Víctor Lorenzo
Falta de amor

Fot. Stanisław Ignacy Witkiewicz

Perfil de mujer


La paciente afirma que un día amaneció pensando, comiendo con cuchara, antes ocurrieron muchas cosas que no vivió, sólo le queda la clara sensación de que en un tiempo anterior a sus dos piernas y su cama con sábanas, era una perra.

Ha indagado mucho sobre esa parte oscura, algunos le han dicho que un mono guió a los hombres en su camino hacia sí mismos, mas niegan que un perro haya cruzado por ahí, otros le hablaron sobre un hombre que en un rapto de éxito rotundo creó todo, incluso a las mujeres, pero nunca a una que se convirtiera en perra.

La explicación más contundente a su génesis le fue expuesta durante un tratamiento psiquiátrico en el cual estuvo a punto de errar su camino esencial.

Se niega a aceptar que la familiaridad con que recuerda aquellos kioscos de noche, las patadas y los trozos de carne, los mordiscos a las extremidades invencibles de los autos, pueda corresponder a la locura.

En lo que respecta a su estructura física posee una estatura promedio, una musculatura cuya firmeza general se acentúa en los muslos y en las pantorrillas, se encuentra varios kilos abajo de su peso ideal, tiene una tendencia a agachar la cabeza y echar la pelvis hacia delante, postura que mantiene la espalda encorvada y las nalgas apretadas. Sus pies no parecen totalmente afirmados al suelo, pues sus talones hacen poco contacto con él. Sus brazos son firmes y las muñecas flexibles y fuertes pero los dedos son torpes y de motilidad escasa. Su piel muestra vello abundante que en la mancha genital se extiende hasta las ingles, en las pantorrillas alcanza una densidad casi masculina.

En la delicadeza de su rostro destaca un mentón saliente y una mandíbula cuya presión constante la hace rechinar los dientes, sus ojos acusan la represión que la ha acompañado desde la adolescencia antes de la cual no tiene recuerdo alguno, salvo el goce que le propinaba la complacencia animal y su choque con lo humano.

Cree que con sus piernas velludas le sería imposible conquistar a los hombres; ha tenido que aprender a usar las trampas que usan las demás mujeres, sabe maquillarse y activar el movimiento de caderas, sabe montar escenas de soledad y carencia en los cafés. Ahí representa ciertos modales que hagan verosímil un pasado humano, la existencia de una madre ocupada en hacerla tomar los cubiertos correctamente, palabras que evidencien un pensamiento inteligente, una conciencia tan acusadamente incierta como todas. Cuando al fin consigue que algún furor confluya con el suyo en un acto funcional, suele marcharse sin solicitar números o direcciones.

Ayer su cuerpo se sintió recuperado, descendió a su plano ideal y salió a la calle sobre sus cuatro extremidades, después hay en su mente un vacío interrumpido por un golpe en la espalda, una muchedumbre de perros escapando entre la jauría de humanos escandalizados e imprecantes.

Hoy amaneció aquí, ha recobrado cierta noción de la realidad, pero está confundida, afirma obsesivamente que al final de su espalda ha empezado a crecer una cola.

Perfil de mujer
La herida en el cielo
Ed. Axial, 2014

Fot. Joseph Seuferling

Un claro en las nubes


Un claro en las nubes.
El macizo perfil de las montañas azules
que recortan el horizonte.
El amarillo apagado de los rastrojos.
El río muy negro.
¿Qué estoy haciendo en este lugar,
solo y cargado de culpas?
Me pregunto.
Sigo comiendo las frambuesas de la fuente.
Sin plantearme problemas. 
Si estuviera muerto, recuerdo, 
no podría saborearlas.
Nada es tan simple.
Sí, todo es así de simple. Naturalmente.


Nuvole Bianche

Te estoy velando


Tú duermes, ya lo sé.
Te estoy velando.
No importa que estés lejos,
que no escuche
tu cadencia en la sombra;
no importa que no pueda
pasar mi mano sobre tu cabeza,
tus sienes y tus hombros.

Yo estoy velando, siempre.
No importa que no pueda acurrucarme
para que tú me envuelvas sin saberlo,
para que tú me abraces sin sentirlo,
para que me retengas
mientras yo tiemblo y digo simplemente
palabras que no escuchas.
Yo puedo estar lejos
pero sigo velando cuando duermes.

Gente. Gente


Gente. Gente. Ruido sin fin. Y estoy muy cansado. Y me gustaría dormir bajo los árboles; los rojos, los azules, los apasionadamente arremolinados.


Mús. Oskar Schuster 
Singur (Live Piano Solo)

Nadar


Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.



Cierro la puerta


Cierro la puerta a la pena, al pesar, al remordimiento. Si permito que entren, aunque sea por una rendija de autocompasión, zas, la puerta se abrirá de golpe y una tempestad de dolor me desgarrará el corazón y cegará mis ojos de vergüenza rompiendo tazas y botellas, derribando frascos, rompiendo las ventanas, tropezando sangrienta sobre azúcar derramado y vidrios rotos, aterrorizada entre arcadas hasta que, con un estremecimiento y sollozo final, consiga volver a cerrar la pesada puerta. Y recoja los pedazos una vez más. 

Lucia Berlin
Volver al hogar
Manual para mujeres de la limpieza
Ed. Alfaguara 2016
Trad. Eugenia Vázquez Nacarino

Fot. Ralph Eugene Meatyard

¿Cuál es la pregunta?


(Gertrude) Despertó de un sueño y dijo: ¿Cuál es la pregunta? Yo no respondí, pensando que no estaba despierta del todo. Y repitió: ¿Cuál es la pregunta? Y antes de que yo pudiera decir nada añadió: Si no hay pregunta tampoco hay respuesta.

Janet Malcolm
Dos vidas: Gertrude y Alice
Ed. Lumen
Trad, Catalina Martínez Muñoz

Fot. Man Ray
Gertrude Stein en su casa de París, 27 Rue de Fleurus, 1920

Clarividencia


En 1961, Stanisław Lem, en su libro Retorno de las estrellas, imaginó algo realmente fantasioso para la época... En aquellos tiempos los PC no existían y las "computadoras" eran enormes armarios que se limitaban a ser calculadoras gigantes...
El texto es el que sigue:

(...) Hoy he pasado una tarde entera en la librería. No tenían libros. Ya hace más de medio siglo que no se publicaban. Y yo… cuántas ganas les tenía, después de ver esas micropelículas que constituían la biblioteca del Prometeo. Nada de nada. Ya no se podía rebuscar en los estantes, sopesar los tomos en la mano, sentir su peso que auguraba la duración de lectura. La librería parecía más bien un laboratorio de electrones. Libros eran cristales que contenían texto fijado. Los podías leer con la ayuda de un optón. Éste simulaba incluso un libro, aunque contenía entre las tapas tan solo una hoja. Bastaba un toque para que apareciesen las siguientes páginas de texto. Pero los optones ya no se utilizaban tanto, me instruyó el robot-vendedor. El público prefería a los lectanes – leían en voz alta y uno podía regular el timbre de voz, el ritmo o la modulación.

Fot. Computadora de la NASA, 1960