domingo, 17 de septiembre de 2017

El árbol que da luz


Sé que todos los árboles
habitan más allá,
pero su voz es clara,
cuando la alcanzo a oír.

Tú eres el viento, el viento,
y eres también la nube,
sin forma y sin destino.
Eres también el árbol
que te habla.
El árbol que da luz
cuando tú estás en sombra.

De: Un pez que va por el jardín, 2007
Ed. Tusquets, 2011

Salgo, cuando me place


Salgo, cuando me place,
a dar un paseo solo,
y es un deleite inefable.

Llego hasta donde termina el arroyo.
Sentado, miro las nubes que nacen.


Wang Wei, siglo VIII
Ed. Cátedra, 2016
Trad. Guojian Chen

sábado, 16 de septiembre de 2017

Mujer


Pienso en ti sin nombre ni apellido.
Como el mar es mar y la nube, nube.
Tú, mujer, eres mujer.

Fot. Peter Martin

Lo normal


Cada vez que alguien dice: “es normal”, un fruto se seca y se arroja desde lo alto de un árbol, un niño se adormece sin desearlo y una conversación queda interrumpida para siempre.

Carlos Skliar
Hablar con desconocidos
Ed. Candaya, 2014

Como en una película francesa


Solía dormir con su marido y con otro hombre en el transcurso de un mismo día y luego, durante el resto del día, durante lo que le quedaba para sí misma del día, se regodeaba repitiendo en voz alta de forma embriagadora: "oh, como en una película francesa, como en una película francesa".

Amy Hempel
Ama de casa
Cuentos completos
Ed. Seix Barral, 2009

Fotograma de Jules et JimFrançois Truffaut (dir) 1962
Jeanne Moreau como Catherine, Oskar Werner y Henri Serre como Jules y Jim

Reflexiones de una piedra


No sé por qué estoy aquí.
Simplemente, me di cuenta.
Y era así, un ser inmóvil y pensante.
Entiendo que es raro pensar.
Más raro aún es pensar que estoy pensando.
Porque pienso en las cosas que pasan.
No sé qué son.
Sólo sé que pasan.
Ahora son caricias.
Que yo llamo viento.
Y ahora son lágrimas.
Que yo llamo lluvia.
Cuando es de día hay calor.
Y cuando es de noche hay silencio.
Soy un ser inmóvil y pensante.
Lo que siento sólo yo lo sé.
No necesita verdades.
Así es el mundo.
Seco, húmedo, caliente y frío.
Una parte es tierra y la otra está vacía.
No había nada más allá del cielo hasta esa mirada.
Después de eso todo cambió.
Así pues, todo pasa.
Todo cambia.
Estaba en medio del camino cuando me notaron.
Y toda mi singularidad se ha manifestado.
Yo también tengo una historia.

Marcos de Abraão
Reflexiones de una piedra

Fot. Jeanloup Sieff
Lanzarote, 1960s

Escribir


Escribir tiene un efecto anestésico. Tranquiliza, como una pastilla ansiolítica. Pero, además, produce una cierta embriaguez. Esto hace que, según decía Cyril Connolly, tantos malos escritores no consigan dejarlo.

Iñaki Uriarte
Diarios. (1999-2003)
Ed. Pepitas de calabaza, 2010

Fot. Marc Riboud
Paris 1953

viernes, 15 de septiembre de 2017

Todo para ser feliz


-Algunos dicen que lo tenía usted todo para ser feliz.

-No tenía que hacer nada, el sueldo de mi marido es más que suficiente y además cuento con el alquiler de una casa de Cahors, ¿se lo han dicho?

–Sí. Otros dicen que se lo esperaban.

-¿Ah, sí?

-¿Es usted desdichada en este momento?

-No. Soy casi feliz. Muy cerca de ser feliz. Si tuviera el jardín, mi felicidad sería completa, pero no me lo devolverán nunca, y yo lo prefiero así por ahora, prefiero esta tristeza de no tener mi jardín, porque ahora tengo que estar alerta y vigilarme.
Si tuviera el jardín no sería posible, sería demasiado.
Entonces, ¿qué dicen?

–Que lo tenía usted todo para ser feliz.

Marguerite Duras
La amante inglesa
Ed. Tusquets, 2011
Trad. Javier Albiñana

Fot. Michel Pinel
Sleeping

jueves, 14 de septiembre de 2017

Un círculo que nadie cruza


He visto un árbol 
más alto que todos los demás,
colgaban de él 
frutos inalcanzables;
he visto una gran iglesia: 
sus puertas estaban abiertas
y todos salían de ella 
pálidos y fuertes
y dispuestos a morir;
he visto a una mujer 
sonriente y pintada:
jugaba a los dados de su dicha,
perdiéndola.
Había en torno a estas cosas
un círculo que nadie cruza.

Edith Södergran

Fot. Elliott Erwitt
Waves, Brighton, 1956 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Recuperarse


Pero el cuerpo siempre procura recuperarse. También la mente, por etapas. Paso a paso. Pregúntale a una madre que acaba de perder a su hijo cuántos tiene. Te responderá: "Cuatro. Bueno... tres". Unos años más tarde te dirá: "Tres. Bueno... cuatro".

Todos mis castillos de aire


Todos mis castillos de aire 
se han fundido como la nieve,
todos mis sueños 
han corrido como el agua,
de todo cuanto he amado 
sólo me queda un cielo azul
y unas cuantas estrellas lívidas.
El viento discurre, suave, entre los árboles.
El vacío reposa. 
El agua está en silencio.
El viejo abeto, alerta, piensa
en la nube blanca a la que besó en sueños.

Ensueños


¿Qué quedará de nosotros
cuando el amor se haya ido?
(…)
¿Qué será
de nuestra muerte cuando el amor
se haya ido?
¿Qué ensueños cultivaré
sobre los tejados azules
de la infancia?

Dónde estabas el día del fin del mundo.
Ediciones Cálamo, 2014

Fot. Paul von Borax
Odalisque

Sueños extravagantes


-Estos últimos meses he tenido los sueños más extravagantes. Sencillamente ridículos. (...) Es como yo si quisiera decirme algo a mí mismo. Algo que despierto no quiero oír.
-¿Ah, sí? ¿Y qué es?
-Que ya estoy muerto, aunque todavía vivo.

Ingmar Bergman (dir.)
Fresas salvajes, 1957

Fotograma de Fresas salvajes: Isak en la casa de verano.

martes, 12 de septiembre de 2017

Lentitud y memoria


Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido. Evoquemos una situación de lo más trivial: un hombre camina por la calle. De pronto, quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el paso. Por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso que acaba de ocurrirle acelera el paso sin darse cuenta, como si quisiera alejarse rápido de lo que, en el tiempo, se encuentra aún demasiado cercano a él.
En la matemática existencial, esta experiencia adquiere la forma de dos ecuaciones elementales: el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.

Milan Kundera
La lentitud
Ed. Tusquets, 2005
Trad. Beatriz de Moura

Gif: from the Unkle's Follow Me Down video

Actitud de espera


Todo lo veo en actitud
de espera.
¿Por qué esa mansedumbre
de las cosas,
la manera que tienen
de parecer que esperan?

Recógete en silencio
aunque todo se agite
en torno a ti,
igual que si esperaras.

De: El don de la ignorancia, 2004
Poesía reunida 1951 - 2011
Ed. Tusquets, 2011

Small things in silence

Comercio de insignificancias


La pasión no conoce el lenguaje de la razón, ni sus argumentos. Para una pasión, es completamente indiferente lo que reciba de la otra persona: quiere mostrarse por completo, quiere hacer valer su voluntad, incluso aunque no reciba a cambio más que sentimientos tiernos, buenos modales, amistad y paciencia. Todas las grandes pasiones son desesperadas: no tienen ninguna esperanza, porque en ese caso no serían pasiones, sino acuerdos, negocios razonables, comercio de insignificancias.

Sándor Márai
El último encuentro
Ed. Salamandra, 2012
Trad. Judit Xantus

Fot, Sidney Carter

Una experiencia compartida


Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. (...) La persona más estrafalaria puede ser un estímulo para el amor. Un hombre puede ser un bisabuelo chocho y seguir amando a una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw dos décadas atrás. Un predicador puede amar a una mujer de la vida. El amado puede ser traicionero, astuto o tener malas costumbres. Sí, y el amante puede verlo tan claramente como los demás, pero sin que ello afecte en absoluto la evolución de su amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor turbulento, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga. Un buen hombre puede ser el estímulo para un amor violento y degradado, y un loco tartamudo puede despertar en el alma de alguien un cariño tierno y sencillo. Por lo tanto, el valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante. Por este motivo, la mayoría de nosotros preferimos amar que ser amados. Casi todo el mundo quiere ser el amante. Y la verdad a secas es que de un modo profundamente secreto, la condición de ser amado es, para muchos, intolerable. El amado teme y odia al amante, y con toda la razón. Pues el amante está tratando continuamente de desnudar al amado. El amante implora cualquier posible relación con el amado, incluso si esta experiencia sólo puede causarle dolor. (...) La verdadera historia de amor es la que tiene lugar en el corazón de los amantes, y ésta nadie sino ellos pueden llegar a conocerla. El amor en todo caso es una experiencia en la que siempre conviven lo cómico y lo sublime.

Carson McCullers
La balada del café triste
Ed. Seix Barral, 2011
Trad: María Campuzano

Silvia Pinal en “Simón del Desierto” de Luis Buñuel, 1965

lunes, 11 de septiembre de 2017

Ambición


Al principio
quieres
cambiar el mundo,
y al final
te conformas
con dejar el tabaco.

No hay más.

Así de cómico,
y así de trágico.


Fot. David John
Sensory compensation

Efables


Las palabras son las partes del silencio que pueden ser nombradas.

Ed. Lumen, 2015
Trad. Alejandro Palomas

Frotar


Frotar dos cuerpos como pedernales hasta que la infinitud chispea su tormento.

domingo, 10 de septiembre de 2017

La llamada


La llamada

Telefoneó al supermercado para hacer el pedido, pero una mujer respondió que aquello era una casa particular. Colgó lleno de palpitaciones: la voz había abierto en su memoria sentimental una grieta por la que comenzó a salir en seguida una aguja de gas. Volvió a marcar confiando a los dedos la reproducción del error y respondió de nuevo la mujer. Él permaneció en silencio, absorbiendo con los sentidos la atmósfera de la habitación lejana. No se oía la televisión ni la radio: tampoco ruido de niños. Imaginó que vivía sola en un apartamento igual que el suyo y lo reprodujo sin dificultades. Ella, a su vez, callaba. Quizá su voz había levantado también un registro mal cerrado en las sentinas de su memoria. La imaginó con un libro en el sofá.
Durante años había soñado que se encontraban en la calle, y ahora, en lugar de sus cuerpos, se cruzaban sus voces, pero la de ella tenía la densidad de un cuerpo. «Diga», repitió al fin, y él paladeó ese diga con las membranas del oído, igual que en otro tiempo había saboreado sus muslos con los dedos. Era un «diga» mojado por la excitación. De manera que también ella vivía sola y los sábados por la tarde leía: tenía la voz de los que se refugian de las horas dentro de una novela. «¿Es el supermercado?», preguntó. «Sí», escuchó al otro lado, tras un titubeo: «¿qué desea?». Recitó el pedido y al final la mujer añadió que había yogures en oferta. Después de los yogures, no supo continuar. Ella, tampoco, así que dijo que se lo enviarían y colgó sin solicitar la dirección, lo que acabó de delatarla. Telefoneó de nuevo, lleno de remordimientos, pero sus dedos no se atrevieron a equivocarse una vez más. Se habían cruzado, pero después de unos instantes prefirieron simular que no se conocían. Él reprimió un sollozo y, ahora sí, llamó al supermercado.

Juan José Millás
La llamada
De: Cuerpo y prótesis
Ed. Santillana, 2009

Fot, MadameButterflyCollage